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Historia de un trebagüés emprendedor



por Juan Largo Domínguez

Mi trayectoria comienza a muy temprana edad. Con ocho años, mi padre ya me llevaba a vender aceite, jabón para lavar ropa, aceitunas y olivas negras por los pueblos, con las caballerías y el carro. Nuestros mayores clientes estaban en Magaña, Valdeprado y Cigudosa, pero también llegábamos a Valtajeros, Fuentes, Cerbón, Castillejo, El Vallejo, Valdenegrillos y San Felices. Cruzábamos a La Rioja, hasta Navajún y Valdemadera. Yo seguía el consejo de mi padre, para que no se manchara el suelo con aceite había que llevar un recipiente detrás de la medida para llenar la vasija que el cliente traía. Las ventas mayores se hacían en los meses de diciembre, enero y febrero, tiempos de las matanzas en los pueblos de Soria. Todo se vendía a fiado y se cobraba durante meses con la compra de huevos.

A la vuelta de cumplir el servicio militar le dije a mi padre que teníamos que comprar un camioncito pequeño para el negocio, y me respondió que él ya tuvo uno y se lo quitaron en la Guerra Civil, así que no insistiera, porque le traía muy malos recuerdos.
En vista de que eso era imposible, le propuse montar un molino de piensos, y a eso accedió, pero la inversión se fue de las manos, y quedó una deuda grande. Estábamos un tanto afligidos, y le propuse irme a trabajar a Bolivia y ayudarle con lo que yo ganara. Accedió gustosamente y antes de un año se solucionaron los problemas económicos.

Yo ya estaba integrado en Bolivia y me propusieron comprar acciones en la empresa donde trabajaba. Algo verían en mí, ya que desde mi llegada, todas las sucursales que abría o formaba la sociedad era Juan Largo el que las ponía en marcha y las levantaba.

Todo lo que se iniciaba en la sociedad estaba relacionado con la importación de productos de alimentación. Se montó una fábrica de harinas, otra de pasta de fideos y hasta una refinería de alcohol de 16º.

En 1971 me puse por mi cuenta y trabajé muy duro, hice dinero, y en los años 75 monté un complejo industrial maderero. El Ministerio de Reservas Forestales me concedió un área de explotación de 200.000 hectáreas. Con una avioneta se midieron las coordenadas de 20 Km2. Esta empresa, para mí desconocida, me llevó a la ruina, y perdí 700.000 dólares en dos años. Las grandes inundaciones en los tiempos de lluvias me cegaban todos los caminos que hacía para sacar los árboles, que medían un promedio de 16 metros de alto. En esta aventura me separé de la sociedad alimentaria.

En el año 1978 comienzo de nuevo a mis raíces, o sea, a importar productos alimentarios, hasta el 85, que decidí volver a España.

Aunque arruinado, comencé a trabajar muy duro como estaba acostumbrado, 16 horas diarias como mínimo menos los sábados y domingos, en que lo hacía de las 8 a las 14 y dedicaba un poco a la vida familiar. Soy un emigrante que vuelve a su España querida y nunca olvidada, ya que todas mis hijas, según nacían, se inscribían en la Embajada de España, porque siempre tuve la idea de volver a mi España del alma.

Vuelvo con 45 años y lo primero que hice fue inscribirme en la Oficina de Empleo. En tres ocasiones me llamaron para emplearme, y cuando les dije la edad me rechazaron.

Con los pocos ahorros que tenía compré algunas parcelas en Logroño, que sin terminar de construir las vendía. En Zaragoza monté una oficina de "canguros" y tuve que cerrarla porque algunos clientes me reclamaron joyas que les faltaban. Vi que aquello me podía traer problemas y decidí cerrarla.

Durante los 6 meses que estuve en Zaragoza vi muchas cosas y escuchaba mucho en la radio que las mujeres ya no querían ser tan esclavas del hogar y de sólo criar hijos. Querían ser más independientes, trabajar en una oficina, tener un salario, en definitiva, no depender de lo que el marido ingresaba, sino que ellas se sentían capaces de mucho más que el de ser unas señoras amas de casa.

En Zaragoza yo veía que había muchos establecimientos con comida para llevar a casa. A lo largo de los 20 años que estuve en varios países, cada vez que se organizaba una fiesta en los Consulados y Embajadas para recaudar fondos para Asilos de Ancianos y Albergues de huérfanos, cada país llevaba su comida típica y, por supuesto, en todos los lugares que yo he conocido nunca ha faltado la paella y la tortilla de patata española.

Comencé a darle vueltas a la cabeza, a deshojar la margarita y sopesé: si los italianos han sido capaces de introducir la pizza, mi ilusión y mi fe es tan grande que mi tortilla de patata llegará a todos los países del mundo. Así, en 1991 se crea Uprena, empresa dedicada a la fabricación de tortilla de patata, y en 1992 comienza sus pruebas de fabricación.

Respecto a la introducción del producto, los años 92 y 93 fueron desesperantes. A los diferentes distribuidores de productos congelados que visitábamos, el producto lo probaban y les gustaba, pero no veían factible la introducción, porque me decían que cada español tiene su forma de hacer la tortilla: unos con más cebolla, otros más frita la patata, y así un montón de excusas.

Tomé la determinación de repetir por muchas veces las visitas, y la fórmula que más me ayudó fue la de ir a los bares con los posibles distribuidores y pedirle al dueño del bar que me hiciera una tortilla para cuatro personas. Cuando ya me la entregaba para comerla, le pedía otro favor, que si me podía calentar la mía 10 minutos en el microondas, ó 20 minutos en el horno. Y si no tenía ni microondas ni horno, le pedía que me diera permiso para calentarla yo en la sartén personalmente.

Cuando tenía las dos tortillas listas, para saber cuál era la del bar la ponía en un plato diferente, y entonces las hacía en tacos y las daba a probar. Puedo decir con orgullo que fue la mejor forma de convencer a los distribuidores de que nuestra tortilla era riquísima, porque ellos mismos se convencían de que era más valorada que la de los propios bares.

Referente a la progresión, reconozco que ha ido muy lento, y sin ánimo de criticar a ningún fabricante, la culpa es nuestra, porque no hacemos un producto homogéneo. A veces un fabricante rebaja mucho los precios para aumentar su cuota de mercado, pero a base de rebajar calidad, lo que va en su contra, porque si la tortilla no es de buena calidad los clientes no vuelven a comprar el producto.

Uprena, en el año 2003 facturó 7 millones de euros. Hasta mayo del 2004, un cliente tenía la cuota del 60 % de nuestra producción y nos tuvo prohibido el vender a clientes similares. En el año 2005, sin contar con ese cliente, Uprena, por otros cauces, ha recuperado la cuota de mercado y ha facturado 7 millones de euros. Los entendidos en la materia pueden valorar que recuperar en un año un 60 % del volumen de ventas de 7 millones de euros en un solo producto, creo que quiere decir que estamos haciendo bien las cosas y ofreciendo un buen producto.

Nos han dado muchos premios, estamos entre las mejores empresas del mercado español, pero por eso no hemos bajado la guardia, y seguimos nuestra marcha. Yo creo que la varita mágica no existe, yo al menos no la veo. Hay que luchar cada día para seguir manteniéndose en el mercado, y esa es la filosofía de nuestra empresa.

Empezamos vendiendo aceite a cambio de huevos, en los pueblos cercanos a Trébago, y hoy vendemos tortilla de patatas en España, Alemania, Bélgica, Dinamarca, Francia, Holanda, Inglaterra, Italia, Colombia, Cuba, México, EEUU, Japón, Brasil, Argentina, Chile, Uruguay, Rusia... y seguimos intentando, como entonces, hacer las cosas lo mejor posible.

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