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Mis vivencias y recuerdos en Trévago de 1925 a 1937

A manera de presentación y observaciones



por Julián Romera Gómez

Soy Veterinario como mi padre. Nací en 1925 en una casa de fachada blanca por efecto de frecuentes encalados que se encuentra en la calle Ancha que hay en un pueblo de la provincia de Soria conocido con el nombre de Trévago. Por tanto, tengo 86 años cuando me encuentro escribiendo estas vivencias que llevo ya meses o años intentando escribir sobre mi infancia en esa localidad, pero siempre me ha detenido el miedo a no estar a la altura que creo se merece esta revista y a que mis palabras no lleguen a ser merecidas por sus lectores y mis amigos.

Pese a lo avanzado de mi edad reconozco que, digan lo que digan, envejecer es algo desagradable. Envejecer es perder facultades físicas con lo hermosa que es la vida. Pero con los años también se ganan un par de cosas muy valiosas: sin duda que se gana en experiencia y, si lo trabajas, se gana sabiduría que es la suna del conocimiento intelectual y de la madurez emocional. Con los años, con los muchos años, todo esto se profundiza y se agiganta y, pese a lo avanzado de mi edad y de los estragos que el paso del tiempo produce en la mente humana, algo ronda por esta mente octogenaria al acercarse las fechas en que se suele recibir esta revista, "La voz de Trébago", que me ha impulsado, durante años, a decidirme a escribir estas vivencias con los recuerdos de mi niñez, de mi familia y de mis amigos, recuerdos donde brillan algunos momentos mágicos con los amigos y la sensación de estar en deuda con todos. Por todo lo que ya hemos vivido y por lo que todavía viviremos, aquí va todo esto como agradecimiento a la Revista, que forma parte del paisaje hogareño y buena parte del de mis familiares que, muchas veces ha sido motivo o punto de partida de no pocas conversaciones cuando estamos reunidos, al preguntarnos: ¿Has visto o leído tal o cual noticia de algún coetáneo que, como nosotros, nació y es hijo de Trévago?

Como ya han pasado muchos años desde las fechas de mi infancia, y teniendo en cuenta que el modo y forma de vivir actualmente se parece muy poco o nada a la forma de vida de mi niñez, ya que los tiempos han cambiado mucho y lo siguen haciendo a un ritmo vertiginoso en cuanto a adelantos y comodidades hogareñas conseguidas durante todos estos años, por lo que ahora sería muy difícil vivir sin todos estos adelantos. Resulta muy difícil, casi imposible, resumir la forma en que nos tocó y tuvimos que vivir entonces, por lo que el lector deberá retrotraerse a los años 1925-1930, o sea a unos 80 años vista hacia atrás y hacerse con la idea de que entonces nuestro WC era el establo o cuadra de las mulas o, en el buen tiempo, en el campo al aire libre tras alguna tapia; entonces no había agua corriente en las viviendas, siendo nuestros mayores los que acarreaban el agua desde la fuente del pueblo hasta las viviendas en cántaros y botijos, ya llevándolos personalmente sobre la cabeza, al costado o caderas o, transportados en aguaderas colocadas sobre algún animal doméstico. Para lavar la ropa tenían que llevarla en grandes baldes, casi siempre sobre la cabeza, hasta el lavadero cubierto que estaba junto a la fuente, o bien ir junto a la balsa o en el canalón. Entonces no se conocía aún el plástico, por lo que para hacer la compra era necesario llevar un canasto o cesta o bien un capazo. Por entonces el servicio de luz eléctrica era muy precario por lo que los electrodomésticos brillaban por su ausencia, así como el teléfono y la televisión y, solamente había algún aparato de radio de válvulas que como algo muy novedoso, solamente había dos o tres en todo el pueblo y, como eran los primeros momentos de la Guerra Civil era motivo para reunirse los vecinos junto a la ventana para oír las noticias y estar al tanto de cuanto ocurría. En aquellos tiempos la Misa y todos los actos litúrgicos se celebraban entonando sus cantos en latín. Las casas-vivienda del pueblo estaban todas habitadas por familias más o menos numerosas que calculo en un número aproximado de 60-70 vecinos, ahora solamente están unas pocas casas habitadas y en buen estado de conservación entre un montón de casas vacías y en muy diverso estado de conservación. En aquellos años las escuelas estaban llenas de niños en edad escolar y ahora, las escuelas ya no son escuelas después de haber permanecido varios años cerradas por falta de alumnos. Y, sin embargo, pese a todos los adelantos y comodidades conseguidas en todos estos años, añoro aquellos años entrañables y, sobre todo, añoro el sonido de la lluvia incansable salpicando las puertas y ventanas de las casas, añoro aquellas copiosas nevadas cuando para ir a la escuela iban nuestros mayores despejando la calle para haberla transitable; y, cómo no, recuerdo a nuestro querido maestro, Don Julián, que empezó a enseñarnos a leer y escribir para seguir con otras enseñanzas escolares; y, cuando llegaban las Navidades, los chavales hacíamos una hoguera muy grande junto o delante de la Iglesia el día de Noche-buena, para que todos los que quisieran pudieran ir a calentarse, si bien, por estar al aire libre, nadie se podía sentar a su alrededor.

Tengo todos los números de esta revista y los guardo como oro en paño para evitar que sean pasto o lectura de la polilla. Personalmente puedo decir que su lectura me ha trasladado y hecho revivir la infancia al situarme en el entorno del ambiente de aquellos tiempos, pese a los años transcurridos, mi agradecimiento por haberme hecho recordar aquellos momentos tan maravillosos y, revivir con nostalgia los años de la niñez, a la vez que me entristece pensar que haya tantas personas que ya no pueden recordar aquellos momentos que tuvieron la suerte de vivir plenamente.

Varios han sido los motivos o factores que me han llevado a escribir estas líneas: el primero y principal es la proximidad de la fecha en que mis padres fueron y fijaron su residencia en Trévago, esta fecha oficialmente fue el 1 de octubre de 1911, o sea que se va a cumplir el centenario, ¡un siglo!, de este acontecimiento El segundo es manifestar la satisfacción que he sentido al ver en esa revista algunas fotografías de mi padre tomadas allá por los años 20 del siglo pasado, y que posiblemente sean pocos los que saben que se trata de Alejandro Romera Sanz, Veterinario, a quien se le puede reconocer fácilmente porque suele aparecer junto a alguna pieza cazada (jabalí), se muestra en mangas de camisa y, delante o a su lado, su fiel compañero y colaborador, el perro, en la consecución de estas piezas cinegéticas, así como en compañía de alguno o varios vecinos del pueblo. En la revista número 29 está en compañía del vecino Eugenio Largo, padre de Federico y Florentino. Finalmente, otro motivo es que he notado al leer la revista algún pequeño error o equivocación al citar los apellidos de mis mayores o el nombre del lugar de su nacimiento; por ello, sin citar a nadie en concreto, creo que con la lectura de los datos que figuran en estas líneas pueden aclarar estas pequeñas distracciones.


RECUERDOS VIVIDOS EN TRÉVAGO DESDE 1925 A 1937
En Trévago nacimos todos los hermanos Romera Gómez, hijos de Alejandro Romera y Eulogia Gómez. En suma fuimos ocho hermanos: Juan, Gregorio, Valeriano, María, Valentina, Venancio, Julián (que esto suscribe) y Eulogia, la más chica.

En el destino de los hermanos Romera Gómez, el tiempo marcaría su paso y sus pausas. Los dos mayores, Juan y Gregorio, pasados los primeros años de su niñez en Trévago, poseedores de una buena educación primaria y sobresaliente preparación en base a conocimientos mercantiles, sin que ello impidiera el haber desfogado a plenitud sus impulsos de chavales con diversiones y travesuras, en su momento, con la venia de sus padres y, a instancia de sus tíos maternos, Venancio y Eusebio, radicados y residentes en Veracruz (México), emigraron a aquellas tierras, cosa que tuvo lugar en los comienzos del año 1930. De esto hay constancia, nada menos que en las paredes del coro de la ermita, todavía en buen estado de conservación, donde está escrita la despedida que textualmente dice: “Trévago 7-1-1930: Sintiéndolo mucho, por ser la última vez, el día 7 subimos a este santo templo para despedirnos: Juan, Gregorio, Pedro y Honorio, acompañados de numerosos amigos y amigas y terminamos por despedirnos. Y nos despedimos de todos cuantos tengan el gusto de leer estas cuatro letras. En nombre de todos. Juan Romera”. No lo sé pero me imagino que en esa despedida habría abundancia de bocadillos que, entre sonrisas y lágrimas, los degustarían todos los asistentes en la explanada de la ermita.

Un año después, en 1931, partiría, igualmente para aquellas tierras de México, Valeriano, que contaba con la anuencia de sus tutores y, a solicitud de sus tíos y hermanos, allí residentes y comerciantes, como se ha dicho antes, en Veracruz.

El vacío que dejó la ausencia de los tres mayores, siempre era llenado con y por la comunicación epistolar, lo que venía a ser un bálsamo reconfortante para quienes habíamos quedado en Trévago. Noticias que siempre fueron deseadas y agradeci¬das, tanto por los familiares como por las numerosas amistades que aquí dejaron.

La siguiente de los hermanos, María, como ya he dicho en una anterior ocasión, aportaba una muy reconocida ayuda en los menesteres del hogar. Ello no restaba poder atender a otros quehaceres que le proporcionaban mayores conocimientos, propios para ella y, con vista a un mañana mejor en los caminos de la vida. Su participación en las labores escolares, laborales y manuales, tenían resultados positivos. En algunos de ellos, además de en Trévago, su aula y maestra estaban en Fuentestrún, apartado de Trévago unos 2 kilómetros, camino que hacían diariamente, y digo hacían, habida cuenta que Valentina participaba también en esos cursos laborales sobre repujado encaje de bolillos, macramé, etc., así como corte y confección, además de bordado. Sus trabajos pudieron apreciarse en unos cuadros enmarcados y colgados en las paredes del comedor, mostrando lo laborioso de sus trabajos para quienes entendían de ello, siendo siempre muy festejados. Muy aparte están sus dones y dotes, altos en sí, que a ambas les adornaban, motivos por los cuales se les admiraba.

Valentina, transcurridos los años, pocos, y cuando apenas en ella la vida le florecía y le sonreía, nos dejó para siempre. Con su ida quedó un inmenso vacío y tristeza, hueco que por siempre irá con nosotros.

Siguiendo con Venancio, tengo que decir que, después de terminar los estudios primarios, los fue complementando con el auxilio de una máquina de escribir "underwood" que mi padre compró a un representante-viajero, aprendizaje que era trabajo pesado para neófitos. Con esta máquina se inició en la práctica mecanográfica o dactilográfica, en la "gran casona", sin profesor y sin tener noticia alguna en su manejo. No se le dio mal el aprendizaje y hasta creo que llegó a dominarla bastante bien y con soltura, en el pulsar de las teclas. Algo más tarde, en Soria, cursó el aprendizaje de la escritura taquigráfica o estenográfica. Estos últimos momentos iban destinados a una posible marcha con los otros hermanos a Veracruz, y así como en su espera del fin de la Guerra Civil Española, ya que estuvo en puertas para que su quinta fuese llamada a filas en los últimos momentos de esta contienda y, en la espera de varios años para cumplir el ineludible servicio militar que también tuvo que soportar durante otros cuatro años hasta que llegó su licencia¬miento. En Soria tuvo buenos compañeros y amigos, como Julián, el hijo del los patrones donde nos hospedábamos, que eran de Fuentestrún, y Antonio de Roa, los que cursaban bachillerato además de tomar conocimientos de taquigrafía. En fin, y tras estar una temporada con el Secretario del Ayuntamiento de Castilruiz y Pozalmuro, cumplió una larga mili, para después pasar en Madrid otra buena temporada ayudando al tío Eusebio y, por fin, llegó el momento de partir hacia Veracruz en abril de 1951, cuando ya habían fallecido mis padres.

Cuando mi padre compró el coche para mejorar y agilizar el servicio profesional, con alguna frecuencia Venancio, y otras veces yo, solía acompañarle en sus desplazamientos con lo que llegó a conocer el manejo del automóvil, así como algo de mecánica, que venía a ser necesaria por la no existencia de talleres en el pueblo. Asesores que gentil y gratuitamente proporcionaban su saber automotriz lo fueron siempre los socios comerciantes de la localidad, Sres. López y Barrena, quienes, a su vez, disponían y manejaban para su movimiento comercial unas camionetas "Fargo" de transmisión por cadena al principio y, posteriormente, con ruedas de goma neumáticas. Por la poca edad de Venancio no podía sacar la licencia o permiso de conducir y, más que esto, el acompañar a mi padre obedecía a una posible ayuda conjunta, teniendo en cuenta que las carreteras, sobre todo en invierno, nevadas y heladas como estaban, resultaban un tanto arriesgadas y peligrosas, teniendo que aplicar cadenas a las ruedas para asegurar mejor los viajes.

Yo, Julián, compaginando viveza e ingenio, metido de lleno en las labores de la enseñanza primaria y clases extra, estando ya en Castilruiz, me llevaron a hacer el ingreso y estudiar el bachillerato en Soria, con dos años de retraso como consecuencia de la Guerra Civil Española, proyecto que, para quien no había salido prácticamente nada del pueblo, parecía una tarea para la que iba a necesitar Dios y ayuda, pero con constancia todo salió bien y airosamente. Antes, y por esfuerzo propio, adquirí el dominio de la mecanografía, como antes había hecho Venancio, en el dominio de la mecanografía, ejercitándome arduamente en la máquina de escribir de la casa. Asimismo, compartí juegos, "hazañas" y el deporte de la cinegética en escala menor y de aves menores como veremos luego, pues no pude escapase de esos afanes y menesteres, ya que eran proezas en las que participábamos Venancio y yo, y, a veces, algún amigo o vecino que nos acompañaban.

Mi padre, siempre gustoso, cuando disponía de tiempo libre, invitaba a pasear a toda la familia, que, en alternancia, aceptábamos y disfrutábamos de "esos paseos", en coche o paseando que, a todos nos gustaba realizar y por supuesto, mucho más, si se trataba de gente menuda. Era, por entonces, una verdadera novedad este medio de locomoción. De estos ratos o paseos, conservo dos pensamientos expresados por mi padre haciendo alusión al automóvil, y que Venancio hubiera podido asegurar, diciendo: "Mis hijos, los más pequeños, parecen interesarse más por pasear en coche, que por saber lo que dicen sus hermanos de Veracruz en cartas recién recibidas". Y, en otra ocasión, llegó a decir: "Si hubiese un puente tendido a través del Atlántico, quemaría el motor del automóvil, e iría a ver a mis hijos a Veracruz". Muy posiblemente, esta parla o frase, incompleta a mi entender entonces, tenía mayores alcances, sólo que no lo dijo o no lo entendimos nosotros, pues, a la sazón, por aquellas fechas, Juan, el hermano mayor, se mostraba disconforme con la sociedad "Gómez Abad y Cía" en la que trabajaba, ya que pecuniariamente le habían ofrecido un puesto mejor remunerado en la "Casa García", propiedad de los Hermanos García, de Abejar. Esta fue mi conclusión y me la he reservado. Añoranzas por los ausentes nunca faltaron en aquellos tiempos.

Finalmente, Eulogia, como ya queda dicho en lo razonado sobre María, y, por haber sido la más pequeña de todos los hermanos, posiblemente fuera la más protegida y, quizá falte reiterar sus bondades es cuanto se me ocurre en este momento, a no ser que en su momento se unió en matrimonio con Benito Hernández por cuanto tuvo que vivir fuera de Soria, o sea, en Cheste (Valencia) y finalmente en Albacete donde reside con sus dos hijos, y como es natural no falta en su veraneo su presencia y disfrute en Soria.

La denominada como "gran casona" que tuvimos la familia Romera Gómez hasta 1937, era amplia como para alojar a una familia numerosa (pues nosotros encajábamos en ese grupo numérico), estaba compuesta por una planta baja donde se encontraban dependencias apropiadas para uso de personas, como era el cuarto recibidor o consultorio, que también hacía de comedor; otro era la despensa-amasadero, con receptáculos para amasar y lavar, tinajas para almacenar agua, cantarera con los cántaros, alacenas o mosquiteras para guardar la comida, etc. Tanto el comedor recibidor como la despensa estaban situados en la parte sur y de este a oeste, en tanto que en la parte Norte y de Este a Oeste, estaban la cocina con todos los enseres propios para su uso y, una pequeña despensa y, separado de la cocina estaba el establo o cuadra para équidos. En el centro, orientado de Este a Oeste, se encontraba un amplio y largo portal, con el yunque, herraduras y utensilios propios para el herrado de animales cuando hacía frío o llovía en la parte Este, en tanto que en la parte del Oeste se usaba para depositar o guardar los aperos y otros accesorios de trabajo de los animales domésticos. Una puerta al Oeste daba paso a un enorme corral donde, en un extremo estaba la leñera o bardal, elevado sobre unos maderos verticales que sostenían a otros trasversales y encima se apeaban los leños, estepas y aulagas; otra parte del corral estaba destinada a estercolero y, en el centro quedaba espacio suficiente como para dar paso a otras dependencias y para que las gallinas pudieran escarbar y buscar el alimento supletorio. En la parte Norte del corral, y como si fuera prolongación del establo del portal citado, se encontraban los cubículos o dependencias para alojar el resto de animales antes citados, o sea, las majadas, cochiqueras, pajares, así como la fragua para la forja de herraduras con todos los utensilios al efecto: bigornia, tornillo, martillos y tenazas de diverso uso, cortafríos, punteros y, fogón con fuelle de pedal y a mano donde calentar adecuadamente los metales, etc. Y como final de la planta baja, al fondo del corral, y teniendo por medianil una tapia de separación (sin llegar a muro), estaba la era, lugar en el que, como continuación del corral, las gallinas se afanaban buscando alimentos que, expresamente habían sido semienterrados por mi padre, para obligar a las gallinas a hacer ejercicio y mantenerse sanas; principio que mantenía y reforzaba adicionando pastura alimenticia en los comederos interiores... ¡toda una escuela naturista venía a resultar la parte baja de la "gran casona"!

La parte alta de esta casa-vivienda contaba con cuatro grandes dormitorios y espaciosos graneros junto con un desván usado como trastero una parte y palomar la otra. Los dormitorios de la parte Sur y de Este a Oeste estaban situados encima del comedor-recibidor uno de ellos y, sobre la despensa el otro. Los otros dos dormitorios estaban en la parte Este, uno encima de la parte anterior del portal y, el otro, estaba al Norte y localizado encima de la cocina que, contenía además dos trojes situados a los lados del hueco ocupado por la chimenea y que servían para guardar o esconder ciertos productos alimenticios a usar en tiempos de escasez.

Siempre existieron en la gran-casona otras especies animales domésticas estabuladas, los équidos en la cuadra, las cabras en la majada, los cerdos en las cochiqueras y las aves en el gallinero. Y si bien hubo otras especies de aves que compartieron el mismo local, siempre existía la correspondiente separación, ya superficial o ya en altura o nivel. No hay que olvidar los perros, unos como guardianes de la finca y fieles compañeros de mi padre en todas y cada una de sus salidas del pueblo para atender a algún animal enfermo, y, otros, como los sabuesos que, demostraron sus dotes para la caza de animales silvestres.

También teníamos algunas especies canoras que fueron cazadas o sometidas a cautividad como trofeos conseguidos en la caza de animales menores, que servían de regalo al oído de los moradores humanos, por lo armonioso y variado de sus trinos y gorjeos. Había jilgueros o cardelinas, zaragatas, verderones y otras especies como perdices y codornices enjauladas. Las aves de corral y las palomas, abundantes en extremo, completaban el "paraíso plumífero" de la Gran casona.

Continuará...

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